El miedo al dolor en el parto y como afecta a su
desarrollo. Importancia del parto natural.
Dra. Laura G. Carrascosa

¿Qué es el miedo[1]?

Según el diccionario de la Real Academia Española (DRAE) el miedo es la
<<perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario>>. El
vocablo procede del latín metus, que tiene significado análogo.
El miedo es una emoción caracterizada por un intenso sentimiento
habitualmente desagradable, provocado por la percepción de un peligro, real o supuesto,
presente o futuro. Es una emoción primaria que se deriva de la aversión natural al riesgo
o la amenaza, y se manifiesta tanto en los animales como en el ser humano. Desde el
punto de vista biológico, el miedo es un esquema adaptativo, y constituye un
mecanismo de supervivencia surgido para permitir al individuo responder ante
situaciones adversas con rapidez y eficacia. En ese sentido, es normal y beneficioso
para el individuo y para su especie.
Desde el punto de vista psicológico, social y cultural, el miedo puede formar
parte del carácter de la persona o de la organización social. Se puede por tanto aprender
a temer objetos o contextos, y también se puede aprender a no temerlos, se relaciona de
manera compleja con otros sentimientos (miedo al miedo, miedo al amor, miedo a la
muerte) y guarda estrecha relación con los distintos elementos de la cultura.
El mecanismo que desata el miedo se encuentra, tanto en personas como en
animales, en el cerebro, concretamente en el sistema límbico, que es el encargado de
regular las emociones, la lucha, la huida y la evitación del dolor, y en general de todas
las funciones de conservación del individuo y de la especie. Este sistema revisa de
manera constante (incluso durante el sueño) toda la información que se recibe a través
de los sentidos, y lo hace mediante la estructura llamada amígdala, que controla las
emociones básicas, como el miedo o el afecto, y se encarga de localizar la fuente del
peligro. Cuando la amígdala se activa se desencadena la sensación de miedo y ansiedad,
y su respuesta puede ser la huida, la pelea o la rendición. Es interesante señalar que el
miedo al daño físico provoca la misma reacción que el temor a un dolor psíquico.
La extirpación de la amígdala parece eliminar el miedo en animales, pero tal
cosa no sucede en humanos (que a lo sumo, cambian su personalidad y se hacen más
calmados), en los que el mecanismo del miedo y la agresividad es más complejo e
interactúa con la corteza cerebral y otras partes del sistema límbico.
El miedo produce cambios fisiológicos inmediatos: se incrementa el
metabolismo celular, aumenta la presión arterial, la producción de adrenalina, la
glucosa en sangre y la actividad cerebral, así como la coagulación sanguínea. El sistema
inmunológico se detiene (al igual que toda función no esencial), la sangre fluye a los
músculos mayores (especialmente a las extremidades inferiores, en preparación para la
huida) y el corazón bombea sangre a gran velocidad para llevar hormonas a las células
(especialmente adrenalina). También se producen importantes modificaciones faciales:
agrandamiento de los ojos para mejorar la visión, dilatación de las pupilas para facilitar
la admisión de luz, la frente se arruga y los labios se estiran horizontalmente.

¿Qué tiene que ver el miedo en la percepción del dolor?
Hay muchas mujeres que sienten algún tipo de miedo, en mayor o menor medida
al ver que se acerca el momento del parto. Uno de los mayores temores es no saber a
qué nos enfrentamos, el desconocimiento de una experiencia que nunca hemos vivido.
Por eso, los partos posteriores suelen enfrentarse con menos temor, salvo que la primera
experiencia haya sido traumática[2, 3].
Por otra parte, hay miedos ancestrales que llevamos dentro de nuestro ser. El
miedo a la muerte, el miedo al dolor, el miedo a perder el control de las situaciones, el
miedo a lo desconocido[2-9]…
El miedo al parto y al dolor del parto lo llevamos inculcado desde dentro en
nuestra cultura. Ese ancestral mandato bíblico de <<parirás con dolor>>, puede clavarse
en la mujer como una sentencia fatal y generar un auténtico terror a lo que se pueda
sufrir en el momento del parto. Es importante conocer todos estos miedos y trabajarlos
antes del parto para poder controlarlos. El diálogo con otras mujeres, una doula, la
propia matrona que nos atenderá en nuestro parto e incluso la pareja, puede ayudarnos a
ahuyentar estos miedos[10]. El miedo es en cierto modo algo aprendido, que por tanto,
se puede <>: La información es una de las mejores armas contra el
miedo.
La primera arma que puede tener una mujer para vencer el miedo es conocer a
fondo el proceso de parto en toda su dimensión. No sólo desde el punto de vista
fisiológico, sino también desde el punto de vista de “saber” realmente qué es lo que allí
puede sucederle. Conocer físicamente el lugar donde se va a dar a luz, conocer la
manera de proceder del personal que nos va a atender, sus protocolos, etc. va a
contribuir muy favorablemente a disminuir el miedo al proceso de parto. Asimismo, la
redacción de un plan de parto en el cual uno sepa de antemano que se van a respetar sus
deseos respecto a como se quiere que acontezca este suceso, puede ser un elemento
crucial para disminuir el umbral del miedo al parto.
Consuelo Ruiz Vélez-Frías, una de las matronas que más luchó en España por
brindar a la mujer más información para combatir el miedo y el dolor al parto, lo
expresaba así en su libro “El parto sin dolor”[11]:
Supongamos que dos muchachos, igual de jóvenes e igual de fuertes, dan un paseo en
barca, y ésta zozobra. Sigamos suponiendo que uno sabe nadar y el otro no. ¿Qué
ocurre? Que el que sabe nadar, porque aprendió, naturalmente, pues nadie nace
sabiendo cosa alguna, sabe lo que tiene que hacer. Automáticamente, en el momento de
caer al agua lo recuerda y lo practica, mueve los brazos y las piernas y respira cómo le
han enseñado, nada y se salva. El otro no sabe nadar. Cuando cae al agua se asusta,
piensa que se va a ahogar, grita patalea, y se hunde.
El mismo hecho de caer al agua, igual para los dos, por la diferencia de saber o no
saber, para uno ha sido un sufrimiento y para otro un trabajo. Creo que el ejemplo está
bastante claro y que todos ustedes lo habrán comprendido.
El parto produce dolor porque las mujeres no saben lo que tienen que hacer en el
momento de dar a luz, y en su azoramiento y nerviosismo suelen hacer todo lo
contrario, es decir, movimientos antinaturales, que impiden la evolución normal de
todo el proceso y provocan el dolor.
Exactamente igual que en el ejemplo que les he puesto, igual que los muchachos que
iban en barca, entre una mujer preparada y otra sin preparación, la diferencia saber o no
saber se traduce en sufrimiento o trabajo.
La que está preparada espera y sabe lo que va a pasar y lo que tiene que hacer en cada
etapa de su embarazo y de su parto. Cuando el momento llega, obra con arreglo a sus
conocimientos, ayuda a su organismo y da a luz felizmente y sin dolor. La no preparada
no sabe exactamente lo que pasa en su organismo cree que su vida y su salud están en
peligro, se asusta y el miedo crea un desequilibrio cerebral que provoca el dolor. Todos
le dan consejos a cual más disparatado, porque nadie sabe nada, y así, en vez de ayudar
a su parto, es ella misma, por su ignorancia, la que lo perturba y dificulta, dando a
veces ocasión al sufrimiento fetal, al nacimiento de niños asfícticos y a intervenciones
obstétricas.
Muchos partos acaban teniéndose que efectuar una aplicación de fórceps, porque las
mujeres, agotadas, no pueden dar a luz solas, y las mujeres se agotan por su conducta
intempestiva y antinatural en partos no preparados […] Dije que yo comprendo que en
sus mentes va sistemáticamente unida la idea parto = dolor.
Esta idea es errónea. El dolor proviene de un reflejo condicional que les explicaré en la
próxima charla, y vuelvo a repetirles que hay que pensar en contracción uterina con su
papel y sentido verdaderos, como representante del trabajo y no de la enfermedad de un
órgano.
El corazón funciona, poco más o menos, como el útero, y su trabajo nos pasa casi
inadvertido.
Yo voy a hacer con ustedes una preparación verbal adecuada a sus conocimientos y
dirigida a su inteligencia. Nada de medicinas ni de gimnasias. No se trata más que de
prepararse, capacitarse moralmente para cumplir una hermosa y agradable función.
Más aún, tanto Consuelo Ruiz como otros profesionales constatan que el control
del miedo al parto, hasta anularlo, permite dar a luz sin ninguna o muy poca percepción
de dolor:
Matronas de toda España, amigas mías: lo increíble es verdad.
He visto a toda clase de mujeres dar a luz con la sonrisa en los labios; he visto
resolverse como por encanto dificultades que hubieran necesitado, en la mayoría de los
casos, intervenciones quirúrgicas. Estoy maravillada.
Pero aún falta lo mejor. Antes que matrona, soy mujer. Lo que más me entusiasma del
método que os presento es la elevación, la dignificación de la mujer con ocasión del
cumplimiento de sus nobles deberes de madre.
La embarazada deja de ser una enferma, un caso, confiada ciegamente a otras personas
que, a veces, ni conoce siquiera, en un asunto del que sólo sabe que de él depende su
vida y la de su hijo marchando a ojos cerrados por un camino ignorado.
Y documentan con su experiencia la existencia de mujeres que dan a luz sin
experimentar dolor. No sólo es posible el parto sin dolor, si no que están también
documentados los partos orgásmicos, en los que durante el mismo la mujer de parto
llegó a experimentar un orgasmo, como reflejan los obstetras Merelo-Barberá, Serrano
Vicens, y el Dr. Schebat del Hospital Universitario de París [12]. Estos partos lejos de
suponer una experiencia anecdótica, ha sido también constatada por otros profesionales
[13-16]. Ina May Gaskin, una conocida matrona de EEUU, cifra en torno al 21% el
número de partos orgásmicos según su experiencia[14] aunque el Dr. Schebat del
Hospital Universitario de Paris, realizó también un estudio encontrando un porcentaje
mucho menor, entorno al 6%, probablemente por llevarse a cabo dicho estudio
únicamente dentro del ámbito hospitalario [12].
La reciente película-documental “Orgasmic Birth” de la directora de cine Debra
Pascali-Bonaro[17] nos brinda una oportunidad para disponer de imágenes de partos
placenteros que nos ayuden a creérnoslo o a imaginarlo. En esta obra, Debra se ha
aventurado a investigar sobre la naturaleza del parto y cómo éste puede convertirse en
una experiencia placentera demostrando que existe otro concepto de parto, por
desgracia hoy poco conocido y extendido, que refleja el gran poder que tiene la mujer
para parir y experimentar esa experiencia con placer. Así también lo describe Barbara
Katz Rothman, en su libro “In labor”: “El parto tiene mucho en común con el orgasmo;
se segrega oxitocina, hay contracciones uterinas, hay erección de los pezones y, bajo
circunstancias óptimas, hay sensaciones orgásmicas”.
Al respecto, detalla Casilda Rodrigañez, en su libro, Pariremos con placer como
hay una asombrosa similitud entre las transformaciones del útero en el momento del
parto y en el momento del orgasmo[12]:
En todo orgasmo femenino se producen contracciones del útero, lo que viene a ser otra
perspectiva para entender las contracciones del parto así como los partos orgásmicos, y
que nos lleva a lo mismo; es decir, que el fenómeno conocido como orgasmo consiste
en unos movimientos rítmicos del útero (contracciones o latidos) que al relajarse y
distenderse, relajan también el cervix.
Y como el útero constituye el centro de placer en la mujer:
[…] Según la sexóloga francesa Maryse Choisy, que realizó en la década de los 70 un
seguimiento con cuestionario, durante diez años, de la sexualidad de ciento setenta y
cinco mujeres, el útero es el centro del sistema erógeno de la mujer y actúa como una
caja de resonancia del placer; Choisy habla de un orgasmo cervicouterino que por lo